Si alguna vez dudas de que la amistad existe...
Tengo un recuerdo que vuelve a mí cada vez que miro un pequeño ojo turco colgado en la ventana de mi habitación.
Mi mejor amigo era de esas personas difíciles de explicar.
Le gustaba viajar.
Pero no viajaba solo para conocer lugares.
Viajaba porque le gustaba vivir.
Cada vez que regresaba de algún rincón del mundo parecía llegar con más energía de la que se había llevado.
Como si cada viaje le recordara lo grande que era la vida y todo lo que todavía quedaba por descubrir.
Recuerdo una tarde cualquiera.
Llegó emocionado de un viaje por Europa. Creo que era Turquía, aunque han pasado tantos años que ya no estoy completamente segura.
Lo que sí recuerdo perfectamente es cómo hablaba de cada cosa que traía.
Nada era solo un recuerdo.
Todo tenía una historia.
Todo tenía un significado.
Entre las cosas que me regaló había un pequeño ojo turco.
Me explicó de dónde venía, qué representaba y por qué tantas personas lo colocaban cerca de las ventanas o las puertas.
Llegué a casa y lo colgué en mi habitación.
Y allí se quedó.
Como tantos otros detalles que me trajo durante los años.
Porque sí, siempre aparecía con algo.
Una artesanía.
Una historia.
Algún objeto que hablaba de un lugar que había conocido y de las experiencias que había elegido vivir.
Y era feliz así.
Quizás por eso me gustaba escucharlo.
Porque cuando hablaba de sus viajes no sentías que te estaba contando lugares.
Sentías que te estaba contando la vida.
Con los años entendí que los regalos nunca fueron lo más importante.
Lo importante era lo que venían a decir.
El tiempo compartido.
La presencia.
Las conversaciones.
Las risas.
Ese "estoy aquí" que a veces llega en forma de un café, una llamada inesperada o un pequeño recuerdo traído desde algún rincón del mundo.
Porque al final, los mejores regalos no son cosas.
Son formas de hacernos sentir acompañados.
Y aunque muchas veces no lo decía con palabras, cada detalle parecía repetir lo mismo:
"Pensé en ti."
"Me importas."
"Estoy contigo."
Un día, sin aviso, partió de este mundo.
Simplemente no despertó.
Y aunque todavía me duele pensar en todas las conversaciones que ya no tendremos, también hay algo que elijo recordar.
La inmensa suerte que tuve de encontrar una amistad así.
Porque algunas personas llegan a nuestra vida para acompañarnos durante un tiempo.
Y otras dejan una huella tan profunda que continúan acompañándonos incluso después.
A veces, cuando veo ese pequeño ojo turco, siento tristeza.
Pero también siento gratitud.
Porque me recuerda que la amistad verdadera existe.
No es perfecta.
No siempre está presente todos los días.
No necesita hablar constantemente.
Pero cuando aparece, ocupa un lugar que difícilmente puede reemplazarse.
Si me estás leyendo y alguna vez dudaste de que la amistad existe, déjame decirte algo.
Sí existe.
No sé decirte cómo encontrarla.
No sé decirte cuándo llega.
Pero si alguna vez tienes la suerte de cruzarte con una amistad así, abrázala.
Haz tiempo para ella.
Escúchala.
Cuídala.
Y disfruta cada conversación.
Porque nunca sabemos cuánto durará una tarde cualquiera, un café compartido o una historia contada al volver de un viaje.
Y muchas veces son esas cosas sencillas las que terminan convirtiéndose en los recuerdos más valiosos de nuestra vida.
🌿
*Cualquier parecido con la realidad... quizás no sea coincidencia.*
*Porque todos tenemos personas que dejan algo de sí en nosotros y, de alguna manera, nunca terminan de irse.*
Si alguna vez dudas de que la amistad existe...
Algunas personas llegan a nuestra vida para quedarse en nuestros recuerdos. Esta es una historia sobre amistad, gratitud y las muchas formas en que alguien puede decir: "Pensé en ti. Me importas. Estoy contigo."